A ti, que me querías ver
tras esta ventana y su luz,
con un café parecido a este.
¿Sabrás quién soy?
Estoy en Cazorla, en la terraza
de un apartamento con vistas a la montaña. He venido unos días con dos compañeros,
honestamente, porque no tengo con quién venir aquí y me es económicamente
imposible hacerlo por mi cuenta. Su compañía no está siendo del todo agradable,
parecen una exageración grotesca de la simplicidad del hombre (digo hombre y no
humanidad, porque vengo a referirme a éstos solo). Quizá pienses que mi
misantropía sigue igual de fuerte, no lo sé, ya no tengo claro qué amo y qué
odio…
Muchas veces te hablé de este
lugar: Un pueblo muy pequeñito en mitad de la sierra, con supermercado,
pizzería, un montón de rutas para hacer… No voy a mentirte, compartir contigo todas
estas cosas se quedó en un tintero horrible de asuntos pendientes, solo que yo
ya no tengo con quién compartir la vida y tú sí. El lado positivo es que el
amor triunfa, más que por oídas o rumores, lo sé por aquellas confesiones que
me hiciste cuando fugazmente te acercaste, en un monólogo digital, diciendo que
te iba genial con tu nueva pareja. Y me alegro, ¿cómo no?
Veo muchas parejas y muchas
personas que aparentemente son felices y tienen vidas plenas, completas y, en
demasiadas ocasiones, desagradablemente estereotipadas, cumpliendo con la programación
de fábrica de este capitalismo de consumo, ya sabes. Me pregunto con relativa
frecuencia por qué yo no puedo amar
ni vivir con cierta paz mental. Lo hago con el mismo tono que usa una madre al
lanzar una pregunta retórica para que esa pequeña personita que salió de ella
logre entender el mundo un poco mejor. Es una retórica didáctica, pero que
duele al tener los puños repletos de certezas grises.
¿Por qué no puedo amar? Yo creo
que amo, pero estoy hecho de cristal; absolutamente todo me duele. Tampoco sé
dejarme amar, tú lo sabes bien: tantas veces he necesitado estar solo, y otras
tantas tú quisiste acariciar mis heridas… ¡Me hice un maestro escapista! Tú
interpretabas de miedo el guion de la falsa mujer fatal, lo único que querías
era no estar sola, lo demás solía dar igual.
Siento mi dolor cada día, y el
único alivio es haberte librado de él. ¡Mírate ahora! Sin bruma ni niebla que
frene los haces de luz que salen de ti. ¡Mírate! Yo hace más de dos años que no
puedo verte, ese fue mi sacrificio de amor, y sirvió para mejorar tu vida.
Hoy quería decirte, como en tantas
otras ocasiones, que nos quedaron muchas cosas por hacer. Mi vida está ya
acabada, tan solo resisto hasta el día en que por fin sea libre del todo y
pueda decirme adiós, ese será mi segundo gran acto de amor. Mientras tanto sigo
desarrollando el gran papel que interpreto, aunque sé que nunca nada valdrá
esta pena. Ojalá fuera posible acabar ya; no me despediría de ti, aunque verte
sea una de las cosas que me gustaría hacer antes de irme.
Sigue retumbando en mi cabeza lo
que una noche gritaste en el parque:
¿Sabes lo que te pasa? Que eres un infeliz y nunca vas a ser feliz con
nadie.
Que esa noche no fuera la última lo explica absolutamente todo. Ojalá las cosas hubieran sido de otro modo. Ojalá yo no fuera un incapaz emocional. De ti no diré nada al respecto porque el rencor se cansó hace muchísimo de rondar por aquí, y el tiempo a veces funda templos y altares. Qué más da, está todo acabado. Sé que es la primera vez que te escribo en dos inviernos, y por eso me las ingenio para que nunca puedas leer esto. No sé si habrá próxima vez, aunque cada día imagino el inicio y el final de esta misma carta. A ti, que me querías (...) gracias. Suena tan estúpido... Prefiero dejarlo aquí, cuestiones de salud mental.
Una vez más, gracias por tanta
luz. Espero que ya no te duela.
P.D.: Ataca de nuevo, por favor.
P.D.2: Sé que soy una contradicción constante. Siempre lo fui.

Comentarios
Publicar un comentario