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Morir mal

El miércoles estaba de tarde en las prácticas de hospital, Había una señora en una habitación que estaba acompañada por dos familiares, una de ellas era su hermana. El pronóstico era bastante malo, estaba por una infección respiratoria y tenía colocada una mascarilla algo compleja de colocar y quitar, así que cada vez que quería beber agua nos llamaban para quitarla y luego ponerla de nuevo. Yo le acercaba el vaso con una pajita para que para que pudiera beber mejor. Apenas daba unos sorbos, se mantenía hidratada por los sueros que tenía pautados. El caso es que se encontraba muy desorientada, tanto que tenía dispositivos de contención en las muñecas para que no pudiera acercarse las manos a la cara y arrancarse la mascarilla.

Una de las veces que fui a darle agua, cogió mi mano mientras bebía y me miraba. Ella no podía hablar, pero cuando me miró dijo muchísimas cosas. Yo la acariciaba cariñosamente con el pulgar. Creo que entonces fue cuando debía comprenderlo todo, entender que los cuidados no era cambiar un suero, o cargar medicación, sino que es otra cosa difícil de explicar...

El equipo del hospital sabe que esa señora no saldría de allí, que eran sus últimos días. Los sistemas sanitarios necesitan un protocolo urgentemente que permitan a las personas morir bien, dónde y cómo quieran... Mientras le acariciaba la mano y le sonreía, sentía rabia por dentro (y no condescendencia). Pero ese es el papel del cuidador, asumir el entorno horrible, y a veces lo excepcional es dar afecto.


Llevo días pensando esto, y como no tengo a quién contárselo, te lo cuento a ti.

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